En los últimos diez años Juan Carlos Dávila ha trabajado creando un grupo de instalaciones, intervenciones que usan el cuerpo humano y el espacio arquitectónico como un medio para aprehender y tratar de hacer visible el vacío. Una serie de estos trabajos los ha realizado sobre la superficie de las paredes y en el mismo lugar donde ellos se exhiben, lo cual implica la imposibilidad de moverlos o trasladarlos a otro sitio. Estos trabajos los ha hecho rasgando, pelando, rompiendo, picando, atravesando y desmoronando la estructura física de las paredes. En algunos casos una parte de la estructura se desvanece quedando reducida a escombros, en otros, son el contenedor de objetos que llegan a formar una sola pieza con la arquitectura. Utilizo los soportes arquitectónicos del lugar como un recurso de información espacial puesta en relación con la escala y con las acciones corporales que son ejercidas en él. Destacan en este sentido los siguientes trabajos: Rasguño 2006, Ángulo de visión 2005, Columna I y II 1998, 2004, La letra con sangre entra 1998, Camiseta 1998, Puñetazo 1998, Sin título (alambres de púa) 1998.
Ha trabajado también la escultura con objetos de uso cotidiano reinterpretando su sentido y sometiéndolos al paso del tiempo mediante dispositivos eléctricos y materiales orgánicos como un medio para interactuar y transformar nuestra habitual percepción hacia las cosas que nos rodean. El paso del tiempo y el cambio de un estado al otro conllevan, implícita o explícitamente, la idea de desaparición. Dentro de este grupo están las obras: Cera perdida 2005, Resistencia 2005, Sin título (triciclo) 2000, Muletilla 1999, Lámpara 1995.