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…Las mulas que traen el carbón de Cesar lo descargan en los patios de Prodeco, una cinta transportadora, cargada por grúas, lo lleva hasta las barcazas que, a su vez, lo transbordan a los barcos que lo transportan a Europa o a Estados Unidos.
Es decir, aquí el carbón es cargado y descargado cuatro veces: de la tractomula al patio, del patio a la cinta, de la cinta a la barcaza y de la barcaza al barco.
Cada paso libera carboncillo que el viento arrastra hacia el mar y hacia la costa: los turistas encuentran en la playa una línea delgada de polvo negro que va marcando el ir y venir del mar. Negro también es el polvillo que percude las sábanas y los manteles de los hoteles. El gobierno local desconoce la demanda al ignorar el efecto del puerto sobre las costas. Un efecto que es más grande y dañino si se mira la estela de carboncillo que van dejando las tractomulas desde la Jagua de Ibirico y el Cerrejón hasta el Puerto de Prodeco. Al que se sumó, una década más tarde, el puerto de la Drumond. Aunque parezca mentira, son puertos separados, que en vez de un daño hacen dos. Como dos son los medios que usan para transportar el carbón de la mina a los puertos: la Drumond no usa camiones, sino tren. El famoso tren al que cantó Escalona –“que sale, por la zona pasa, y de tarde, se mete a Santa Marta”– y que tantos milagros hizo ver a Gabo en Aracataca. Ese tren es hoy, en la práctica, un tren privado que arrastra 100 vagones llenos de carbón cuatro veces diarias. También, por supuesto, deja la estela negra sobre la vegetación, los pueblos, los acueductos, la Ciénaga. El carboncillo es el único producto de la explotación carbonífera que las comunidades reciben.
Sin duda, la peor parte la llevan los pescadores y sus familias, que se declaran desplazados por los puertos. Las empresas alegan, como siempre, razones de seguridad; temen dos cosas: que una barcaza o un barco embista una canoa y la destroce con todo y tripulantes; o que los tripulantes sean terroristas y vuelen una de las enormes naves, con todo y carbón. En este caso, los expertos en medio ambiente contratados por las empresas podrían alegar el daño que el carbón caído en el bento –así llaman al lecho marino– si no fuera porque en esa zona se han hundido barcazas….
…Es difícil explicar por qué el Gobierno central no ha logrado imponer su autoridad ambiental en la región, teniendo todos los instrumentos legales en la mano.
Hace un tiempo se autorizó la creación de un puerto único carbonífero para evitar que cada aristócrata local, dueño de una bahía, construyera un puerto, pero las compañías optaron por los enclaves privados. “Si contaminar cuesta menos, contaminemos, que el Gobierno tapa”, parecería ser la lógica que se impone.
Si a los pobladores y pescadores afectados por el transporte y el embarque de carbón ni las compañías ni el gobierno les cree, a los científicos que trabajan en Punta Betín, tampoco. En efecto, hace ya varios años que Invermar ha expuesto con escrupulosidad y equilibrio los efectos producidos por la operación de los puertos carboníferos. El instituto es quizá la principal víctima de las secuelas –casi todas nefastas– porque, para su desgracia, los empresarios samarios decidieron construir un muelle para cargar el mineral en la zona portuaria de la bahía.
Desde la Avenida Bastidas se ven las enormes pilas de 50 metros de altura como depósitos para alimentar las llamas eternas del infierno. Las estribaciones de la Sierra que separan a Santa Marta de Taganga también se ven afectadas del negro lúgubre que delata al polvillo.
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